Sei in: Storiamedievale ® Pre-Testi

di ANDREA CHIAPELLa

Dante e Bonifacio VIII

 

1. Introducción

Es cierto que básicamente las relaciones entre el Imperio y el Papado fueron generalmente tumultuosas a lo largo de la historia, pero en el siglo XIV se profundizaron las diferencias y los conflictos adquirieron características particulares, ya que dos relevantes personalidades de destacado peso intelectual van a colisionar en el terreno específico de la teoría política: el Papa Bonifacio VIII, defensor de la supremacía del poder espiritual, con un bagaje intelectual jurídico notable, plasmará sus ideales en la Bula Unam Sanctam (1302) que reafirma el poder de la Iglesia sobre el Imperio. Por su parte, el poeta florentino Dante Alighieri, decidido colaborador del partido del emperador, construye en su escrito político De Monarchia (1313) el fundamento de independencia del poder temporal.

Lo paradójico de ambas personalidades es que, si bien parten de posiciones filosófico-políticas contrapuestas, confluyen en relevantes coincidencias en la concreción de sus objetivos finales. Aunque oponentes en cuanto al enfoque sobre la naturaleza del poder, ambos comparten la necesidad de alcanzar el ideal de unidad y universalidad, en momentos en que el orden medieval se resquebraja ante la independencia de los reyes y el surgimiento de los estados nacionales.

En el desarrollo de esta tesis, se procederá a examinar en primer término, el contexto histórico en que se desenvolvieron Dante y Bonifacio VIII, luego se ahondará en los argumentos político-religiosos y filosóficos que sustentaron sus respectivas obras, para concluir analizando tanto sus divergencias en cuanto al origen del poder, como las similitudes de sus propósitos finales.

  

2. Contexto histórico

En 1294 ocupa el trono de San Pedro Bonifacio VIII, prestigioso jurista que, al decir de Dino Compagni - contemporáneo y amigo de Dante - “fue hombre de gran ardor, y alto ingenio que guiaba la Iglesia a su modo, abatiendo al que no consentía” [1].

Al Pontífice le cupo ser testigo de un período histórico en el que la armonía del orden mundial que se desarrollaba desde la época primitiva de la sociedad cristiana, comenzaba a desmembrarse ante el avance de las ideas aristotélico-tomistas. Santo Tomás afirmaba, reelaborando a Aristóteles, que el Estado y la Iglesia se diferenciaban desde sus orígenes ya que el primero era producto de una creación natural, mientras que la segunda derivaba de un orden supranatural. Por lo tanto, desde el punto de vista del origen, Tomás sostenía que el Estado era independiente de la Iglesia y por ende, del Papado. Concluyendo que con el Estado aparece el concepto del ciudadano autónomo e independiente del poder eclesiástico, a pesar que desde el punto de vista de la fe, éste pertenece al rebaño de Cristo.

Este innovador pensamiento, acompañado por un creciente proceso de secularización, inaugura una poderosa corriente política que terminará cuestionando los fundamentos totalizadores de la autoridad tal como la entendía el Papado.

Bonifacio, lejos de buscar el equilibrio, se preparó para la contienda que se avecinaba, ya que los reyes de Francia e Inglaterra daban claros indicios de pretender socavar su autoridad. El conflicto se desencadenó al ser integrada Escocia al reino de Inglaterra en 1292. A pesar de ello, el monarca escocés se inclinó por la guerra, desconociendo la unión forzada de los dos reinos. Esta crisis favoreció al rey de Francia Felipe el Hermoso, que aprovechó el conflicto para recuperar territorios continentales.

Eduardo I, con la ayuda del rey alemán, Adolfo de Nassau, declaró la guerra a Francia con la excusa de recuperar territorios imperiales. La guerra comenzó en  junio de 1297 con el desembarco de Eduardo en Flandes.

Estos acontecimientos aceleraron la crisis que se gestaba contra la facultad que el Papado se arrogaba de intervenir sobre los pueblos y sus príncipes, por el mero hecho de ser miembros de la Iglesia.

Felipe el Hermoso y Eduardo, a punto de enfrentarse, habían rivalizado en gastos militares y para solventarlos cargaron con impuestos a los bienes de la Iglesia; Bonifacio VIII creyó que era el momento apropiado para recordarle a los príncipes, los límites que le asignaba la teoría hierocrática al poder temporal. La bula Clericis Laicos (1296) prohibía terminantemente a los laicos cobrar impuestos a los clérigos sin consentimiento del Papa, amenazando con la excomunión a los religiosos que desobedecieran y a los funcionarios seculares que recibieran el dinero. No era precisamente el Pontífice quien desconocía las tradiciones sobre las inmunidades financieras del clero vigentes desde fines del imperio romano, sino los reyes.

Eduardo y Felipe no sólo no acataron la bula y continuaron recaudando el impuesto prohibido, sino que este último impidió la salida de monedas y letras de crédito fuera del reino, haciéndole perder al Papado las rentas que le enviaba Francia. Esta medida lesionaba al poder espiritual en sus intereses vitales, al mismo tiempo, que convertía al estado en paladín del descontento nacional, contra la explotación de la Iglesia territorial por el fiscalismo de Roma.

El conflicto entre los poderes no se hizo esperar, y estalló cuando Felipe ordenó la prisión del obispo de Pamiers Bernardo Saisset, condenado por rebelión, herejía, blasfemia y simonía al oponerse a la confiscación de algunos feudos supuestamente pertenecientes a la Iglesia. Normalmente se consideraba que los obispos, estaban sujetos a la jurisdicción papal.

Ante este nuevo desafío laico, Bonifacio pretendió reafirmar su autoridad exigiendo la liberación del obispo, y mediante la publicación de la Bula Ante promotionem (1301) ordenó a todo el clero francés que acudiese a Roma, para celebrar un concilio que preservara las libertades de la Iglesia. Asimismo le recordaba al rey a través de la Bula Ausculta Fili  (1301) que Dios había colocado al sucesor de San Pedro por encima de los príncipes y de los Estados.

Felipe, como respuesta, promovió un gran debate con el protagonismo del pueblo, convertido ahora en firme defensor de la soberanía real. En la iglesia de Notre-Dame (1302) se reunieron los Estados Generales, donde circularon falsas bulas que injuriaban al rey y supuestas respuestas injuriosas al Papa. Mañosamente preparada la escena, se arrastró a las tres órdenes a tomar partido a favor del rey, lo que en realidad no era otra cosa que la reivindicación de la soberanía temporal frente a  las pretensiones del Papado. Bonifacio ciertamente no comprendió el momento y lanzó un ultimátum amenazando con la excomunión. Felipe, que comprendió que estaba en juego el principio de la soberanía real, logró que Bonifacio fuese acusado en la corte de Louvre con los cargos de elección ilegal, simonía, inmoralidad, violencia, irreligión y herejía, obteniendo el tribunal la autorización real para apoderarse del Papa, arresto que se concretó el 7 de septiembre en Anagni.

El último documento solemne que promulgó Roma fue la célebre Bula Unam Sanctam (18 de noviembre de 1302), afirmando su supremacía sobre el poder temporal y oficializando la teoría hierocrática. Esta declaración de principios será, cuestionada por Dante Alighieri, uno de los hombres más brillantes de la época. El poeta, mayormente asociado a La Divina Comedia, ejerció en su tiempo un rol político preponderante. Partidario de los güelfos blancos, representó a Florencia como embajador en Roma en momentos en que su ciudad natal se encontraba en un agitado torbellino político.

En 1302, y ante la toma del poder de su ciudad por los güelfos negros apoyados por las fuerzas de Carlos de Valois, fue acusado de malversar fondos públicos, de provocar desórdenes entre los güelfos, y de desobediencia al Pontífice. Al no presentarse a declarar en el juicio que se le seguía, fue sentenciado a pagar multa, a dos años de destierro, inhabilitación de por vida para ejercer cargos públicos, confiscación de sus bienes, y condenado a morir en la hoguera.

Se refugió en Verona, desde donde supo observar con fina agudeza la realidad política desgarrada por las pasiones, los apetitos entre las facciones, los pleitos desatados por los grupos sociales y las luchas entre las Signorías. Frente a este caos, se entusiasma con la personalidad del novel emperador germano, que soñaba con la gloria de ceñir en Roma la corona para reconciliar el Imperio con el Papado. Es que en medio del desorden, Enrique VII aparece como el restaurador del orden, la paz y la justicia, perfilándose como el contrapeso deseable frente al creciente poder papal. Inspirado en estos principios, Dante contribuye al fundamento y fortalecimiento imperial, redactando su obra De La Monarchia.

  

3. Los pensamientos opuestos

Las diferencias que separan a Dante de Bonifacio VIII se vinculan especialmente con sus concepciones sobre el origen y el alcance del poder temporal y espiritual, que les sirven a ambos para construir la armazón de sus ideales políticos.

En noviembre de 1302, Bonifacio VIII emite la Bula Unam Sanctam que sintetiza el pensamiento pontificio hasta ese momento. Sin embargo, su alcance excede la Dictatus Papae (1075) de Gregorio VII. Para Bonifacio, la Iglesia debe ser gobernada sólo por una cabeza (Jesús) y nunca por dos. Ahora bien, quien lo representa en la tierra es su Vicario, el Papa, y por lo tanto solamente a él le corresponde gobernar a la cristiandad. Tal como afirma Ullmann «no podía existir ninguna otra comunidad terrenal que junto a la autoridad omnicomprensiva pudiera ostentar una exigencia jurídica de autonomía» [2]. Este principio es la síntesis de distintas vertientes del pensamiento cristiano. De Cipriano (SIII), cuya tesis ya había sostenido Inocencio III, Bonifacio tomará la idea de que la Iglesia constituye un todo indivisible y es la única garantía de salvación y, de Santo Tomás de Aquino, que los cristianos son miembros del “rebaño de Cristo”, y por ende, dependen del Papa.

Como sucesor de Pedro, el Papa poseía “las dos espadas” (entendidas como el régimen espiritual y el temporal) según se desprendía del Evangelio de San Lucas (XXII:38). Y advertía que quien negare esta afirmación, desconocía la palabra de Dios. Sin embargo, y en virtud de la división del trabajo (principio básico de la teoría hierocrática) el Papa no empuñaba ambas espadas, sino que poseía una, la espiritual, mientras que la temporal era entregada con su consentimiento al poder secular. Esta tesis se vinculaba con las enseñanzas de San Bernardo, que sostenía que las dos espadas constituían el poder de coerción del Papa en el ámbito espiritual y temporal. La innovación de Bonifacio VIII es que extiende esta práctica a los reyes que no habían ceñido la corona imperial, reafirmando que sólo a él le competía instituir y el poder.

Se arroga la facultad de juez del poder temporal, siguiendo las enseñanzas de Hugo de San Víctor, que predicaba: «el poder espiritual instituye el poder terrenal y lo juzga si resulta que no es bueno, pero él es instituido por Dios, y cuando se desvía sólo puede ser juzgado por Dios» [3]. La Bula finaliza exhortando a los hombres, a someterse al Papa con el fin de encontrar la salvación. De esto se derivaba que cualquiera que escapara a la autoridad pontificia, terminaba en definitiva resistiéndose al poder del Creador. Esta aseveración, se apoyaba en la Carta a los Romanos de Pablo (XIII:4), donde explicaba que la autoridad era un instrumento de Dios para guiar al cristiano a alcanzar el bien.

Dante va a refutar los fundamentos e interpretaciones de Bonifacio, con la pretensión de crear las bases doctrinarias que sustenten el origen de una monarquía universal e independiente del poder y alcance del Papado. Impugna la visión totalizadora que tenía el Papado del cristianismo, al pretender abarcar todos los aspectos del hombre asegurando que no existía la salvación fuera de la Iglesia y de la obediencia a sus normas. Esta visión sostenía que la vida en la tierra era un peldaño para alcanzar esa vida celestial a la cual todos los cristianos debían aspirar. En este sentido, la Iglesia poseía una visión universal, y Dante va a tomar este concepto de universalidad pero despojándolo su contenido religioso.

Encara dos conceptos fundamentales, el de Humanitas y el de Cristianitas. El primero estaba integrado por todos los hombres sin tener en cuenta sus creencias y el segundo por los que constituían la grey de Cristo. Como ambos conceptos provienen de diferentes orígenes, se regían mediante normas y principios distintos. En esta concepción, el hombre era ciudadano en relación con la Humanitas y súbdito con respecto a la Iglesia (Cristianitas). En la primera tenía libertad de elección, mientras que en la segunda debía acatar la ley proveniente de una autoridad superior. Por lo tanto, se observa un renacimiento del hombre pero no por medio del bautismo, sino que renace a la vida de ciudadano, independiente y despojado de todo ámbito religioso.

Dante in un particolare del Giudizio Finale di Giotto (Firenze, Cappella del Bargello)

 

La humanidad, pensaba Dante, debía ser gobernada por una monarquía temporal, también llamada imperio que «es el principado único, superior a todos los demás poderes en el tiempo y a los seres y cosas que por el tiempo se miden» [4], o sea, el Monarca Universal. A esta autoridad la imagina por encima de los príncipes por poseer una jurisdicción mayor, correspondiéndole dirimir los litigios, garantizar la justicia y fundamentalmente garantizar la libertad «que es el máximo don conferido por Dios a la naturaleza humana» [5]. Dante tomaba la idea del Imperio universal, basándose en el Antiguo Imperio Romano, ya que éste era soberano y fuera del mismo no había ningún territorio independiente.

En su pensamiento, Dante respetaba que el Papa tuviera su propio ámbito de influencia (el supranatural) pero a su vez, el emperador debía tener el suyo, ya que ambos perseguían distintos fines. Dice: «el Papa conduce a la humanidad a la vida eterna, el emperador la dirige hacia la felicidad temporal» [6].

Lo que él afirmaba, en definitiva, era que la cristiandad y el Imperio poseían leyes distintas. Por lo tanto, el hombre poseía una finalidad que se encontraba en este mundo y otra en el más allá. Esta dualidad, sin embargo, no derribaba la idea de unidad deseada por Dante ya que «al Imperio y Papado en cuanto tales deben colocarse en la categoría de la relación y ser ordenados a lo que exista en ese género» [7]. Al poseer ambos distintas esencias, «deben ser reducidos a algo que encuentren su unidad y esa unidad será el mismo Dios» [8]. De esta manera, ambos poderes provenían de una misma fuente y uno no creaba al otro.

Sin embargo, ambos deben mantener sus propias funciones y normas, tal como el florentino demostrará cuando analice la teoría por la cual el Papa tenía el poder de atar y desatar todo, ya que era el heredero de Pedro. Dante, apoyándose en Mateo (XVI:19) [9], explica que el Pontífice como sucesor del apóstol y por gracia divina, puede ligar y desligar todo, e inferir que puede hacer lo mismo con las leyes y decretos del Imperio. Para Dante el término ”todo” es tomado por el Papa en sentido absoluto, por lo tanto, si se acepta este razonamiento, también podría desatar a la mujer del marido y unirla a otro. Dante aconseja no tomar el término “todo” en sentido absoluto, sino que es preciso que tenga relación con alguna función específica, tal como lo explica en el siguiente ejemplo: Cuando Cristo le dice a Pedro «Te daré las llaves del reino de los cielos» (Mateo, XVI:19) Dante interpreta que esta frase equivale a decir «te haré portero del reino de los cielos» por lo tanto, aquello que Pedro podía ligar se correspondía al reino de los cielos, no teniendo injerencia sobre los asuntos del mundo terrestre. Por carácter transitivo, al Papa no le correspondía abarcar los asuntos del poder temporal.

Al sostener que el poder del emperador debe ser independiente del Papado por provenir su autoridad directamente de Dios, Dante se identifica con el pensamiento de Santo Tomás, y sostiene que «lo que se recibe de la naturaleza, se recibe de Dios» [10], por lo tanto la autoridad del Imperio procede del Creador sin ningún tipo de intermediario. Si bien Dante rechaza la pretensión que subordina el poder del emperador al Papado, acepta que el emperador reciba cierta luz del Pontífice. Esto implica el reconocimiento del versículo sobre la creación «Hizo, pues, Dios dos luminares grandes, el mayor para gobierno del día y el menor para gobierno de la noche y las estrellas» [11]. Pero mientras los hierócratas veían en la alegoría del sol y la luna la representación de los poderes terrenales interpretando que, como la luna posee menor intensidad de luz, recibía del sol la necesaria para brillar y de allí, inferían que el poder temporal recibía su poder del espiritual, Dante interpreta que para un mejor funcionamiento, el Imperio recibe del sol «luz abundante por la cual actúa con mayor fuerza» [12]. Esto es, que el Imperio sólo recibe del Papado la luz de la gracia.

No menos cuestionable le resulta la visión del Pontífice sobre la teoría de las dos espadas inspirada en los Evangelios. Los hierócratas, basándose en el texto de San Lucas, entendían que simbolizaba a los dos regímenes, el espiritual y el temporal. Y como Pedro sostenía que ambas estaban allí donde él estaba, estos pensadores sustentaban que los dos regímenes coexistían bajo el mando del sucesor de Pedro.

Para Dante es errónea la interpretación que le da el Papado a esta teoría centralizadora del poder. Interpreta el florentino que la misma carece de todo fundamento real ya que Cristo no dijo “comprad dos espadas”, sino que mandó que tuvieran doce para que cada uno tuviera la suya y esto lo decía para prevenirlos de su futura prisión y del desprecio que iba a caer sobre ellos [13].

 

4. Conclusión

Tras este análisis sobre las concepciones de Dante y de Bonifacio VIII sobre la naturaleza y alcance de los poderes temporal y espiritual, cabe plantear y explicar el objetivo común que en definitiva era su lazo de unión.

Lo cierto es que ambos hombres tenían visiones totalmente opuestas de la realidad política de su tiempo. A pesar de ello, los dos buscaron plasmar un mismo ideal aunque por caminos diferentes. Querían lograr la unidad y la universalidad en momentos en que las dos potestades rectoras del orden medieval parecían resquebrajarse.

Pero en lo que no diferían era en los alcances del poder espiritual, Dante nunca se opuso a la autonomía de este último ya que su pensamiento era indudablemente cristiano y para él el gobierno universal debía tener una buena relación con el Papado.

Lo que el Papa y el poeta van a rechazar son los peligros que amenazaban a la sociedad de la época, tratando encontrar las medidas adecuadas que frenaran la desintegración y la atomización producto de un avance de las autonomías estatales, y de una mayor independencia de los gobernantes. Si bien sus fines eran similares, los medios para lograrlos eran contrapuestos. Dante pretendía alcanzar el fin a través de la monarquía universal, la cual englobaba a toda la humanidad llevándola hacia los ideales de paz, justicia y libertad. A su vez Bonifacio, lo intentó a través del poder de la Institución eclesiástica y su visión totalizadora de unidad y universalidad tan característica de la sociedad cristiana.

La lucha que ambos poderes protagonizaron engendró las bases de su propia decadencia, el Papado romano al enfrentarse con Francia se vio obligado a trasladar su sede a Aviñón, convirtiéndose en un poder satélite del gobierno francés. A su vez el emperador Enrique VII, que irrumpe en Italia como el restaurador del orden y de la paz, se encontró involucrado en una guerra de facciones que lo subordinó a la política napolitana, desmoronando el sueño de Dante de ver cristalizado el ideal imperial.

 

5. Bibliografía

Dante Alighieri, De La Monarquía, Losada, Buenos Aires 1986.

Anthony Black, El pensamiento político en Europa, 1250-1450, Cambridge University Press, Cambridge 1996.

Dino Compagni, Crónica de los Blancos y los Negros, Nova, Buenos Aires 1948.

Jacques Le Goff, La Baja Edad Media, Siglo XXI, México 1998.

Jurgen Miethke, Las ideas políticas en la Edad Media, Biblos, Buenos Aires 1993.

Henry Pirenne, Historia de Europa, FCE, México, 1956.

Walter Ullmann, Historia del Pensamiento Político en la Edad Media, Ariel, España, 1999.

Walter Ullmann, Escritos sobre Teoría Política Medieval, EUDEBA, Buenos Aires 2003. 

 


1  Dino Compagni, Crónica de los Blancos y los Negros, p. 59.

2  Walter Ullmann, Escritos sobre Teoría Política Medieval, p. 201.

3  Anthony Black, El pensamiento político en Europa, p. 65.

4  Dante, De la Monarquía, I, II.

5  Ivi, I, XIV.

6  Ivi, III, XVI.

7  Ivi, III, XII.

8  Ibidem.

9  Dante, op. cit. III, VIII: «Te daré las llaves del reino de los cielos. Y todo lo que ligares en la tierra será ligado en los cielos y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos».

10  Ivi, III, XIV.

11  Génesis, 1:16. Citado en Dante, op. cit, III, IV.

12  Ivi, III, IV.

13  Ivi, III, IX.

  

  

  

© 2005 Andrea Chiapella; lavoro presentato alle Giornate SAEMED.

  


torna su

Pre-testi: Indice

Home